lunes, 21 de abril de 2014

Laura Meilán 1er encuentro

Pareja pedagógica
Hace un par de semanas me asignaron para trabajar como pareja pedagógica con una profesora de 1° año de una escuela media comercial en Lugano 1 y 2. La profesora había solicitado la colaboración de otro docente porque no lograba controlar al grupo de estudiantes “porque ahora ya no tienen un período previo de adaptación a la secundaria, además porque hay muchos repetidores y son unos inadaptados”.
La primera clase tuve problemas con el transporte y llegué con bastante demora. Avanzados los primeros veinte minutos –de una clase de ochenta- me encontré con un importante desorden, chicos caminando por el aula, dos o tres escribiendo y el resto escuchando música o charlando. Entonces, le pregunté a la docente cual era el tema y qué actividades debían desarrollar. La profesora que estaba sentada en el escritorio –y así permaneció toda la clase- me dijo que estaba evaluándolos para el diagnóstico y que le había pedido una “composición” de tema Encuentro Inesperado.
Los gritos y las corridas aumentaron. Entonces, me presenté, les conté a los chicos que haría con ellos las clases de los lunes y cómo me llamaba. Les pregunté qué actividad tenían que hacer y paseé por los bancos para ver cómo estaban trabajando. Observé que sólo unos pocos habían escrito e intenté dar unas pautas para escribir, haciendo una reflexión acerca de qué era narrar, quiénes podían ser los personajes, qué les podía suceder para que ese encuentro resultara “inesperado”.
La profesora siguió sentada, unos cuantos chicos, muy deseosos de ser corregidos se acercaron con sus carpetas, pero ella sólo leía lo que estuviera escrito en tinta, nada en lápiz.
En el pizarrón quedaron planteadas unas cuantas preguntas que propuse para que respondiéndose facilitaran la construcción de una sencilla historia. Pero, los chicos siguieron, luchando entre sí –se insultan y maltratan de una punta a la otra, haciéndose burlas sobre sus aspectos y sus orígenes-, caminando por el aula y saliendo al baño con permiso de la profesora sentada en su escritorio.
Le sugerí que planteáramos otro tipo de clase porque evidentemente, esta forma de tarea no los comprometía. Le pregunté cuál tema del programa estaba desarrollando y qué pensaba trabajar las próximas clases para buscar alternativas entre las dos. Pero ella se limitó a no decir nada, llegó un auto de alquiler que la venía a buscar y se fue.
A la semana siguiente, llegué con tiempo, traje algunas lecturas para proponer y nuevamente, pregunté cuál sería el tema de la clase. Ninguna respuesta. Me informó que el encuentro anterior había comenzado a leer una antología literaria que tienen la biblioteca, el primer texto, un apólogo del Conde Lucanor y que ella estaba evaluando lectura en voz alta.
Cuando iniciamos la clase resultó que todos los chicos ya habían leído el texto, de aproximadamente una carilla. Hice unas preguntas al grupo sobre el tema y la moraleja del relato. Todos supieron responder correctamente, pero en desorden, a los gritos y sin escucharse entre sí. Después, tratando de generar algunos acuerdos sobre la escucha y el uso de la palabra, reflexionamos sobre el vocabulario ¿qué es un conde? ¿por qué hablaba un sirviente? ¿qué era un apólogo? ¿en qué época se desarrollaba el relato?
Entonces, cuando pregunté qué actividad desarrollaríamos, dado que sólo habían transcurrido 15 minutos y restaban 65, contestó que seguiría evaluando lectura en voz alta desde al banco. A los diez minutos posteriores el aula era un verdadero griterío y nadie prestaba atención a nada. Le sugerí otra cosa y no aceptó. Me cansé de pedir silencio y de llamar la atención a los chicos y me senté al lado de la profesora. Ella, desde su silla, les dijo a los pocos que escuchaban que debían copiar del libro el vocabulario en la sección de gramática de sus carpetas. Media hora después cerraba la biblioteca y hubo que retirar los libros. Unos minutos más tarde y sin que sonara el timbre ni se dijera que podían retirarse, los chicos levantaron muy responsablemente sus sillas, las colocaron sobre las mesas y salieron al patio. Todavía quedaban 15 minutos de clase. Se acercó una preceptora para reclamar que los chicos hubieran salido cuando todavía no era el momento. Pero, tampoco estaba la profesora titular que apabullada por el mal comportamiento se había retirado.
Fue la segunda clase que compartí como pareja pedagógica. Algo desconcertada y sin saber muy bien cómo resolver el problema, busqué a la asesora pedagógica de la escuela, al director y, o a la jefa de área paro como ya era última hora de la jornada, ninguno estaba ya en el edificio.
Laura Meilán, 21-04-14.





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