Pareja pedagógica
Hace un par de
semanas me asignaron para trabajar como pareja pedagógica con una
profesora de 1° año de una escuela media comercial en Lugano 1 y 2.
La profesora había solicitado la colaboración de otro docente
porque no lograba controlar al grupo de estudiantes “porque ahora
ya no tienen un período previo de adaptación a la secundaria,
además porque hay muchos repetidores y son unos inadaptados”.
La primera clase
tuve problemas con el transporte y llegué con bastante demora.
Avanzados los primeros veinte minutos –de una clase de ochenta- me
encontré con un importante desorden, chicos caminando por el aula,
dos o tres escribiendo y el resto escuchando música o charlando.
Entonces, le pregunté a la docente cual era el tema y qué
actividades debían desarrollar. La profesora que estaba sentada en
el escritorio –y así permaneció toda la clase- me dijo que estaba
evaluándolos para el diagnóstico y que le había pedido una
“composición” de tema Encuentro Inesperado.
Los gritos y las
corridas aumentaron. Entonces, me presenté, les conté a los chicos
que haría con ellos las clases de los lunes y cómo me llamaba. Les
pregunté qué actividad tenían que hacer y paseé por los bancos
para ver cómo estaban trabajando. Observé que sólo unos pocos
habían escrito e intenté dar unas pautas para escribir, haciendo
una reflexión acerca de qué era narrar, quiénes podían ser los
personajes, qué les podía suceder para que ese encuentro resultara
“inesperado”.
La profesora
siguió sentada, unos cuantos chicos, muy deseosos de ser corregidos
se acercaron con sus carpetas, pero ella sólo leía lo que estuviera
escrito en tinta, nada en lápiz.
En el pizarrón
quedaron planteadas unas cuantas preguntas que propuse para que
respondiéndose facilitaran la construcción de una sencilla
historia. Pero, los chicos siguieron, luchando entre sí –se
insultan y maltratan de una punta a la otra, haciéndose burlas sobre
sus aspectos y sus orígenes-, caminando por el aula y saliendo al
baño con permiso de la profesora sentada en su escritorio.
Le sugerí que
planteáramos otro tipo de clase porque evidentemente, esta forma de
tarea no los comprometía. Le pregunté cuál tema del programa
estaba desarrollando y qué pensaba trabajar las próximas clases
para buscar alternativas entre las dos. Pero ella se limitó a no
decir nada, llegó un auto de alquiler que la venía a buscar y se
fue.
A la semana
siguiente, llegué con tiempo, traje algunas lecturas para proponer y
nuevamente, pregunté cuál sería el tema de la clase. Ninguna
respuesta. Me informó que el encuentro anterior había comenzado a
leer una antología literaria que tienen la biblioteca, el primer
texto, un apólogo del Conde Lucanor y que ella estaba evaluando
lectura en voz alta.
Cuando iniciamos
la clase resultó que todos los chicos ya habían leído el texto, de
aproximadamente una carilla. Hice unas preguntas al grupo sobre el
tema y la moraleja del relato. Todos supieron responder
correctamente, pero en desorden, a los gritos y sin escucharse entre
sí. Después, tratando de generar algunos acuerdos sobre la escucha
y el uso de la palabra, reflexionamos sobre el vocabulario ¿qué es
un conde? ¿por qué hablaba un sirviente? ¿qué era un apólogo?
¿en qué época se desarrollaba el relato?
Entonces, cuando
pregunté qué actividad desarrollaríamos, dado que sólo habían
transcurrido 15 minutos y restaban 65, contestó que seguiría
evaluando lectura en voz alta desde al banco. A los diez minutos
posteriores el aula era un verdadero griterío y nadie prestaba
atención a nada. Le sugerí otra cosa y no aceptó. Me cansé de
pedir silencio y de llamar la atención a los chicos y me senté al
lado de la profesora. Ella, desde su silla, les dijo a los pocos que
escuchaban que debían copiar del libro el vocabulario en la sección
de gramática de sus carpetas. Media hora después cerraba la
biblioteca y hubo que retirar los libros. Unos minutos más tarde y
sin que sonara el timbre ni se dijera que podían retirarse, los
chicos levantaron muy responsablemente sus sillas, las colocaron
sobre las mesas y salieron al patio. Todavía quedaban 15 minutos de
clase. Se acercó una preceptora para reclamar que los chicos
hubieran salido cuando todavía no era el momento. Pero, tampoco
estaba la profesora titular que apabullada por el mal comportamiento
se había retirado.
Fue la segunda
clase que compartí como pareja pedagógica. Algo desconcertada y sin
saber muy bien cómo resolver el problema, busqué a la asesora
pedagógica de la escuela, al director y, o a la jefa de área paro
como ya era última hora de la jornada, ninguno estaba ya en el
edificio.
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