Historia
de Romina:
Romina
es una niña boliviana de 11 años.
Cursa
el 4° año en una escuela pública del Gran Bs. As.
A
fin del año pasado y principio de este año concurre al “período de compensación” en las cuatro áreas curriculares. Se acerca a
la biblioteca del barrio para prepararse.
Expresa
sentirse sola en el aula y que los compañeros la llaman “Haití”.
En
los recreos busca la compañía de otra niña boliviana a quien conoce de las
fiestas de la Virgen de Copacabana.
Vive
con su padre que trabaja en un taller de costura y con sus hermanos menores. Los
fines de semana ayuda a una tía en un puesto de comidas de la estación Once.
El
viaje desde Bolivia se desencadena con la muerte de su madre. Para entonces la
familia extensa ya estaba en Argentina. Su padre decide venir, animado por el
sostén familiar con el que podía contar acá.
Romina
se queda con una tía cuando su madre muere, pero al poco tiempo la tía también viaja.
Al
preguntarle cómo llegó ella a Buenos Aires, no lo recuerda bien, relata que la
trajo una familia con la que vivió un tiempo hasta que se reencontró con el
padre.
No
volvió a Bolivia desde que vino aquí ni mantiene contacto con personas de allá.
Recuerda
a una viejita que era como una abuela postiza, pero piensa que estaba enferma y
que tal vez ya haya muerto.
“Ella
hablaba quechua, con ella viví, aprendí muchas
cosas, a cuidar ovejas, a plantar papas y habas”.
Intenta
armar en una línea, el mapa de su experiencia: que empezó en una escuela de
Potosí donde hizo jardín, después primero y después en La Paz otra vez jardín,
que en Buenos Aires la anotaron en segundo pero enseguida la pasaron a primero,
que estuvo en la 35, en la 48, en la 3 y
ahora en la 4.
El
padre le está diciendo que se apure, que
cuando termine la primaria va a volver a Bolivia, porque no quiere que se eche
a perder con la droga que hay acá.
Esto
posiblemente implique una migración en etapas como fue la llegada a Buenos
Aires pero al revés.
“Primero
vamos nosotros, después él”.
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